WACKEN 2019. Crónica y fotos

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Año tras año, al acabar una edición se ponen a la venta los abonos del Wacken Open Air -W:O:A- del siguiente año y desaparecen en minutos, como una vaca en un tanque de pirañas. Ya está todo vendido para el 2020. 21 horas han durado. Cuando preguntas la razón del éxito a los que repiten religiosamente, te dicen que el Wacken no es un festival cualquiera y que hay que ir para entenderlo. Y eso hice aprovechando que se cumplían 30 años, ahí es nada, de este festival.

Wacken es un pequeño y tranquilo pueblo de apenas 1.800 habitantes del norte de Alemania. Pero durante una semana se transforma en la meca del metal, acogiendo a los casi 80.000 metalheads que acuden al W:O:A. Durante esos días es como si los bajos de Arguelles de pronto hubieran crecido engullendo la ciudad entera, volcada con su festival, llena de tiendas de merchan, bares y barras improvisadas. Y nada más llegar a esta ciudad del metal te das cuenta de varias cosas:

Lo primero, el ambiente. Es excepcional. Buen rollo por todas partes, sin roces ni tonterías. Solo diversión, respeto y ganas de pasarlo bien. Y así será desde el primer momento hasta el final.

Lo segundo, la inmensidad de Wacken. Hay más de 170 bandas, y 12 escenarios con música durante prácticamente todo el día. Además de decenas de actividades como yoga metalero, zona de videojuegos, pasacalles, actuaciones teatralizadas en el pueblo vikingo y la zona post-apocalíptica, proyecciones de cine, campos de fútbol, Late night show… Así que más te vale que vengas con los deberes hechos y tengas una lista de lo que quieres ver y hacer. No te esfuerces, es imposible abarcarlo. Por lo que dependiendo de lo que elija, cada persona que vaya a Wacken vivirá su propio y diferente W:O:A.

Lo tercero, la cantidad de hispanohablantes que hay. Da igual dónde estés, vas a escuchar hablar español. Pero no solo a tu alrededor, también en los escenarios, porque en esta edición hemos disfrutado de muchos representantes de nuestro país.

Sobre todo el miércoles, primer día del festival. Junto con bandas como UFO, Axxis, Rose Tattoo o los Sisters of Mercy, teníamos a nada menos que cuatro grupos de nuestro país: Angelus Apatrida, Crisix, Drunken Buddha, en calidad de ganadores del Metal Battle España y logrando un gran tercer puesto en la final, ¡enhorabuena! y Alien Rockin’ Explosion, que actuaban todos los días del festival. Y no serían los únicos compatriotas que se subieran en esta edición de Wacken sobre un escenario.

Tras haber calentado motores, el jueves comenzaba lo gordo. Es el día que se abría el Infield, el corazón de Wacken, con sus tres escenarios principales: Faster, Harder y Louder.

A las cinco de la tarde en punto, con un sol de justicia, comenzaba Testament a desgranar sus primeros temas. Más que correctos, calentando a fuego lento el ambiente hasta conseguir que la gente enloqueciera. Fue un gran concierto, pero justo a la misma hora, un par de escenarios a la izquierda, en el Faster, tocaban unos enormes Krokus, que con sus clásicos del rock, simples y efectivos, y un sonido espectacular iban captando adeptos hasta llenar la enorme pradera frente a los escenarios, hasta casi donde alcanzaba la vista.

Comenzaba el tira y afloja de los dos escenarios principales que duraría ya hasta el final del festival. Faster y Harder van alternándose enlazando sin pausa, bandas de primer nivel, aglutinando a la inmensa mayoría de los asistentes. Le tocaba a Hamerfall, que con su fórmula segura e infalible lograron, como si fuera fácil, tener al público entregado desde el principio con sus temas. Y lo que no son sus temas, porque los suecos se lanzaron a versionar, para alegría de sus fans, el tema principal de juego de tronos.

Y con la música de Terminator comenzó el que para mí fue el conciertazo del día, el de Airbourne. Predecible, simple, fácil, lo que queráis, pero Airbourne es una de esas bandas que no te puedes perder en un festival. Los australianos nunca fallan. Desde el principio coreados, fueron cayendo sus temas más conocidos, haciendo un despliegue de tablas, ganas y fuerza que contagió al público, que cada vez disfrutaba más. Por todas partes surgían corros donde bailar, cantar, brincar. Divertidísimo. Y sin embargo, para mi sorpresa, no recibí un solo empujón. Es una de las cosas que da gusto descubrir cuando vas a Wacken, que puedes olvidarte de empujones, estrecheces, malas caras y gente que se cuela. Simplemente te tienes que preocupar de disfrutar, porque se respeta el espacio personal y si alguien quiere pasar, te lo pide y después te lo agradece.

Después de la descarga de adrenalina de los australianos llegaba la última banda de la noche y virtual cabeza de cartel del Wacken de este año: Sabaton.

Sobre el escenario un tanque, sí, un tanque, concertinas, trincheras, nidos de ametralladora, un coro ataviado de uniformes militares de distintas épocas y países, y en definitiva todo lo necesario para que comenzaran dos horas de bombardeo sin cuartel. En Alemania los seguidores de Sabaton son legión, así que no es de extrañar que los himnos de la banda fueran cantados masivamente por el público. Visualmente son espectaculares, con fuego, petardos, Sabaton sabe lo que la gente espera de ellos y se lo dan. Jocke Brodén, el cantante, no para un instante de animar, controlando a su antojo el escenario. O mejor dicho, los escenarios, porque a mitad de concierto hubo sorpresa.

La banda cumple 20 años y no lo han querido celebrar solos, han invitado a  participar a los antiguos miembros de la banda que se han querido unir. La verdad es que es un gesto muy bonito por todas las partes. Así, siendo casi un pelotón, la banda se separó entre los dos escenarios principales del Wacken, con Jocke yendo de uno a otro, dos baterías y tres guitarras. Por si eran pocos, subieron a Tina Guo a tocar con ellos como invitada, cerrando todos juntos la noche del jueves.

Y amanecía (a las 5 de las mañana) un día más en Wacken. Si el jueves fue un día más conservador en cuanto a estilos y bandas, el viernes, sin ser arriesgado, sí que tuvo un cartel mucho más variado, con una mayor diversidad de estilos.

A las 11 de la mañana arrancaba ya el día con los Jinjer – ¡y con gente para verlos! – Tras ellos Queensrÿche, que con el sol ya en todo lo alto, dieron un concierto correcto y sonaron bien, cosa que por otra parte es lo normal en Wacken. Pero poco más. Quizá fueran las expectativas, pero me esperaba algo más de ésta actuación.

Era el turno de ver a Eluveitie. Para mí una de las sorpresas del festival. Una mezcla explosiva de death metal con folk. Instrumentos como whistle, el laúd o el violín se mezclan con dobles bombos y voces guturales. Cada canción es un mundo, algo totalmente inesperado que te coge por sorpresa. Te puede gustar o no, pero desde luego es algo muy distinto a lo que estamos acostumbrados y eso siempre es bueno.

A falta de dos canciones para acabar, la organización anunciaba por los altavoces y a través de la aplicación del festival, que se paraban y aplazaban todos los conciertos hasta nuevo aviso por riesgo de tormenta eléctrica y que había que evacuar la zona de conciertos. Eluveitie no llegó a acabar su repertorio. Evergrey, a punto de comenzar, directamente tuvo que cancelar.

El miércoles ya pasó algo similar, pero a pequeña escala. Esta vez fueron 2 horas lo que hubo que parar las actuaciones y afectando a la programación principal del festival. Las tormentas en el W:O:A son habituales, seguro que habéis visto imágenes de otras ediciones con gente totalmente embarrada, retozando y disfrutando de su banda favorita. Pero éste año, no. El protocolo de seguridad ha cambiado y la posibilidad de que la tormenta eléctrica pueda causar algún incidente hace que se anteponga la seguridad a todo lo demás.

Con gran agilidad, la organización reaccionó inmediatamente. A base de acortar los 15 minutos entre actuaciones, mover a algún grupo de escenario y recortar repertorios, consiguieron cuadrar todo para que el horario no se viera afectado. Es otra de las sorpresas del festival, el planning es sagrado. En el W:O:A no vas a ver un concierto que empiece fuera de hora.

Tras el parón de dos horas, volvía a picar el sol sobre Wacken. Rain or Shine es uno de los slogans del festival, una de las premisas a cumplir año tras año.

Anthrax fue el encargado de hacer sacar de nuevo los cuernos al sol con su thrash. Fue un conciertazo lleno de fuerza en el que se vio disfrutar al máximo a la gente que, pese a la hora y media de concierto, seguían con ganas de más. Estuvieron francamente bien, en un estado de forma envidiable y metidos en su papel de malotes, incitando al final del concierto a hacer circle of death, cosa que por seguridad tienen prohibido hacer los grupos. Pero ellos son así, thrasheros hasta la sepultura.

Unos instantes después comenzaba Within Temptation en el otro gran escenario. Un cambio radical de estilos y de audiencia. Con su público entregado, la banda interpretaba sus temas, que no dejaban de ser coreados por el público. No sé si estaba algo tocada, pero la voz de Sharon den Adel sonaba carente de cuerpo, corta en algunos casos.

A la misma hora tocaban en el Wasteland, uno de los escenarios alternativos, Charly Carretón y Carlos Alcalde de Against Myself (dos españoles más para la saca) junto con los británicos Savage Messiah.

Y de vuelta en los escenarios principales, entrabamos en la recta final del día. A las nueve comenzaba Demons & Wizards, una de las bandas que más ganas tenía de ver en este Wacken. La banda de Jon Schaffer – Iced Earth – y Hansi Kürsch – Blind Guardian- vuelve con este proyecto tras años de abandono. Las actuaciones de Hansi no tienen precisamente buena fama, pero algo sucede cuando los artistas pisan los escenarios de éste festival. Cantó y se desenvolvió como no le había visto en directo nunca. Es cierto que no fue un concierto memorable, no tanto por la actuación en sí, sino porque el repertorio no da más de sí. Sólo las versiones, ni más ni menos que cuatro, fueron capaces de remontar una actuación que tuvo como culmen el Valhala de Blind Guardian, con miles de gargantas negándose a dejar que la canción acabara a base de corear una y otra vez su estribillo.

Tras ellos llegó Slayer, la que considero fue banda del día y la que más expectativas generaba. En la que supuestamente es su gira de despedida, lo de esta banda no tiene nombre. Con la pradera del Wacken a reventar, Slayer fue una ametralladora bien engrasada y afinada que disparaba trallazo tras trallazo, sin tiempo siquiera a respirar. Es increíble ver el nivel en que están. Que estemos contemplando su despedida de los escenarios es una auténtica lástima. Reventaron el escenario. La fuerza, contundencia y energía que desplegaron en Wacken será algo que tardará en repetirse. La despedida de Tom Araya fue, como ellos, seca, directa y fulminante. Gracias por todo, dijo, y se marcharon para siempre.

Lo único que hizo mal Opeth fue actuar detrás de Slayer. Muchos de los presentes se marcharon con los californianos. Opeth se quedó, haciendo lo que mejor saben hacer, sorprender a propios y extraños con la limpieza y virtuosismo de sus canciones. Y es que si esta banda es capaz de sonar nítida y perfecta en cualquier condición, podéis imaginar lo que hicieron en Wacken. Fue una delicia de concierto, simplemente sublime.

Y aunque parecía muy lejano al principio, llegó el sábado, último día de festival. Las fuerzas ya escasean, se nota en las caras y en el olor a reflex en la zona de acampada. No lo tenían fácil las bandas del último día y sin embargo hicieron que mereciera la pena.

Los responsables de quitar las legañas al personal fueron los Battle Beast. Otra banda de power metal más con una chica que canta, pensé, hasta que Noora Louhimo tomó el escenario. Es difícil explicar la fuerza y el plus que ésta valquiria imprime a la banda. Noora tiene un torrente de voz y unos registros asombrosos, pero también una puesta en escena trabajada y una energía inagotable. Ella sobresale, pero el resto de la banda no se queda atrás. El show está trabajado a conciencia y la interacción con el público es constante y muy divertida. Los temas parecen destinados a convertirse en himnos, con unos estribillos pegadizos y potentes de esos que, aunque no los hayas escuchado nunca antes, acabas coreando a gritos. Una grata sorpresa.

No fue la única del día, porque el sábado me propuse escapar de la tiranía de los dos grandes escenarios principales y pasearme por el resto del festival. Con las grandes bandas tocando desde mediodía hasta la noche, es posible que te quedes atrapado y se te olvide que existe vida, y buena, más allá del Faster y el Harder.

Si te das una vuelta por los distintos espacios y escenarios lo primero que te sorprende es que todo está lleno. Desde aglomeraciones para ver una pelea en cúpula del trueno del espacio post-apocalíptico del Wasteland, gente aprendiendo a usar una espada en el pueblo vikingo y colas para cocinar en la Wacken Foundation, la ONG del W:O:A, que se dedica a cosas como fomentar nuevas bandas de rock y metal o hacer campamentos para enseñar a chiquillos a tocar instrumentos, y que durante el festival organiza decenas de actividades distintas para recaudar fondos. Todo está lleno y, por supuesto, los otros escenarios.

Los escenarios alternativos a los dos grandes son un gran lugar para descubrir nuevas y sorprendentes bandas. Además es donde hay más variedad de estilos, desde Dark Funeral o Crematory a Prong pasando por Nashville Pussy o Jared James Nichols. O Myrath, una sorprendente banda tunecina de metal progresivo.

Fue en uno de los escenarios de la carpa Bullhead City Circus donde disfruté de The Vintage Caravan, una banda de rock con ramalazos setenteros y stoner que disfrutó e hizo disfrutar sin artificios de ningún tipo a una carpa llena a rebosar. Solo ellos, sus instrumentos y el público. Ritmos pesados, actitud y grandes temas se mezclaron para obtener un concierto más que notable.

Tesseract actuaba a continuación en el escenario gemelo del Circus, pasando de golpe del rock clásico a la última tendencia en metal progresivo en un abrir y cerrar de ojos. Sin duda si buscas algo concreto es en los escenarios más pequeños dónde debes rebuscar.

Avatar tocaría más tarde en el Louder, el escenario trampolín a los dos principales. Para mí, ésta fue el hallazgo de este festival. Había oído alguno de sus temas, pero verlos en directo es la experiencia que completa a la banda. Esta moderna parada de los monstruos es hipnótica, capaz de hacer que el público se desate con sus temazos. Su espectáculo lleva la interpretación mucho más allá de simplemente tocar, la teatraliza. Avatar es capaz de transmitir las sensaciones de sus letras a través de la morbosa admiración hacía lo dantesco. Ya sabéis, si este teatro de los horrores llega a vuestra ciudad, no dudéis en acudir a verlos.

De cara a descansar para el fin de fiesta no tuve mejor idea que ir al escenario Welcome to the Jungle, a ver nuestros amigos de Alien Rockin’ Explosion. Mala idea, porque entre versiones y temas propios, contagiaron a todos los presentes con su energía y no paramos de bailar y cantar con ellos.

Ya sé lo que he dicho de los escenarios pequeños, pero no quedaba otra que volver a los grandes, era el turno a una de las instituciones de nuestra música: Saxon.

Cuarenta años cumplen del lanzamiento de su primer disco y para celebrarlo la banda recorre durante hora y media todos sus grandes clásicos. Es emotivo ver las imágenes proyectadas de su carrera, pero no es su intención tirar de nostalgia. Incombustibles, ver lo que son capaces de hacer con casi 70 años resulta increíble. Ojalá sigan así muchos años, se han ganado el derecho a jubilarse cuando ellos quieran y no cuando nosotros digamos.

Y el W:O:A de 2019 se acaba. Tras el breve discurso de los organizadores del festival deseando que lo hubiéramos pasado en grande y vernos el año que viene, daban paso al último concierto, que cerraba la xXx edición de Wacken: Rage.

Con motivo de los 20 años de su lanzamiento tocaron íntegramente, acompañados de la Lingua Mortis Orchestra dirigida por Pepe Herrero -el último de los nuestros- su disco XIII.

Y aunque muchos ya se habían marchado fue un concierto para no perderse. No pretendía ser rabioso ni duro, más bien todo lo contrario, emotivo. Y lo lograron, si mirabas alrededor veías alguna lágrima correr. Para mí fue muy especial. Son muchos los recuerdos que tengo asociados a esta banda y a este disco. Realmente no puedo imaginarme un mejor cierre para este festival.

Este concierto de Rage fue único, exclusivo como cierre de ésta edición. Es una de esas cosas que hacen que W:O:A sea el espejo donde deberían mirarse el resto de festivales metaleros. Se nota el esfuerzo que hace la organización por tratar de ofrecer lo mejor y que no lo hacen (solo) por dinero. Sí, es posible que encuentres festivales con mejor cartel, o más de tu agrado. Lo que es seguro es que no lo encontrarás más auténtico, divertido, ni hecho con tanto cariño.

Es sólo un detalle, pero creo que representativo. Al llegar te entregan una mochilita con todo lo necesario para hacerte tu estancia lo más cómoda posible. Desde el poncho para cuando llueva, una cantimplora con la que te permiten entrar y rellenar en las múltiples (y gratuitas) fuentes de la zona de conciertos, una bandana y una máscara por si se levanta polvo y unos tapones para los otros conciertos nocturnos…

Wacken es hacer amigos nuevos en cualquier momento. Pelear con tu colega de festival con sacos de arpillera. Esos niños del pueblo que se sacan su dinerillo llevando en sus carretillas las maletas de los metaleros. Desayunar, comer y cenar Wacken Naken, a.k.a. filetaco, la comida no oficial del festival. Pasar horas riendo con el ingenio de los disfraces de la gente. Conocer la historia de los de la tienda de al lado, que vienen de la otra punta del mundo. Beber cerveza en el pueblo oyendo tus grupos favoritos. Encontrarte de casualidad en una barra a un conocido que ni sabías que había venido al festival. Ver los delirantes anuncios de la organización en las pantallas. Y por supuesto, disfrutar de sus conciertos.

Lo que está claro después de vivirlo es que el Wacken no es un festival más. Y si sigues sin entenderlo, no te quedará otra que ir.

Texto: Argenis Rodríguez

Fotos: Iñigo Malvido

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